La Villa y Puerto de Tazacorte ha sido
durante largos años un municipio cuyo color dominante ha sido el verde
de sus plataneras. Pero en estos momentos sus gentes están mirando a un
futuro cuyo horizonte les depara otras tonalidades vitales, con las
cuales crear un abanico de riqueza cromática que a la par les traerá
progreso económico y un desarrollo que todos queremos sostenible y
equilibrado. Nos referimos al azul del mar y a los naranjas y turquesas
de las puestas de sol. Porque no es otro sino el sector turístico aquel
que le brindará al pueblo bagañete la oportunidad de diversificar sus
fuentes de riqueza y empleo. Estamos en pañales, pero poseemos los
mejores recursos para que éstos no nos estorben a la hora de caminar de
frente y con paso firme: un sol al que tenemos “de nuestro lado”, una
luz brillante que nos regala a todas horas una paleta de colores que
nunca hubiéramos imaginado, temperaturas suaves estables durante todo
el año, fondos submarinos de película, un entorno sosegado, un carácter
afable y de una generosidad sin precedentes por parte de sus gentes, y
un paisaje de Historia colectiva y de miles de pequeñas historias de
cada uno de sus ciudadanos, con los tonos que componen el proceso de
maduración del plátano como fondo.
Los datos y las cifras hablan por sí
solas, cuando de atraer la curiosidad hacia Tazacorte como destino de
descanso se trata: temperaturas estables y uniformes durante todo el
año, con un margen de medias de entre los 18 y los 24 grados; un cifra
inusual de 3.500 horas de sol y de luz brillante anuales; unos 14
kilómetros cuadrados de territorio cuyo tono verde oscuro de sus
cultivos de plataneras le confiere un aspecto de vergel, si observamos
las imágenes obtenidas desde el satélite, con respecto al resto de la
isla; un entramado mágico de plazas y callejuelas inundadas de macetas
con miles de flores, como si de un laberinto del que no quisiéramos
encontrar la salida se tratara; un conjunto histórico cuyas casonas
solariegas de los siglos XVI y XVII se mezclan con los museos del
Plátano y del Mojo, recientemente creados, junto a los restaurados
Lavaderos, en un entorno que bien podría ser el escenario prescrito de
cualquier tratamiento para dolencias cuyo origen fuera el estrés y el
fugaz vivir de las grandes urbes; un Puerto y un barrio pesquero con
aromas a aguas saladas del mar y dulces del Barranco de las Angustias,
principal desembocadura de la impresionante Caldera de Taburiente, y
cuyo futuro adivina un desarrollo que tizna de azul el destino de sus
habitantes, como ya se ha mencionado. Todo ello habitado por 6.800
almas aproximadamente, ávidas de ejercer el papel de anfitriones de
todo aquel viajero que se acerque a nuestro terruño.